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Empecé a escribir mi primera novela cuando me fui a vivir a Paysandú. Me puse la excusa de que al mudarme iba a arrancar este proyecto para hacer un aterrizaje más tranquilo. Ahora estoy trabajando en la segunda parte.

Vengo de un hogar donde había que seguir una carrera, entonces en cuarto de liceo elegí científico y después ingeniería. Había que meterse en algún casillero y terminé en Ciencias Económicas. No hay vocación. Me inclino a pensar que fue un discurrir entre tener una profesión que me diera un ingreso y estudiar algo que se adaptara a mis facilidades académicas.

Los 24 años me encontraron repleto de dudas. Ya era contador y me estaba por recibir de economista. Se dio un maremoto: el título, la posibilidad de irme a estudiar al exterior, hacer un posgrado; trabajaba en una buena consultora que te daba un perfil profesional importante, y apareció la ventana temporal del viaje de Ciencias Económicas. Esa experiencia resultó el espacio para aislarme y tener una mirada paisajista de mi vida. Me cayó la ficha de que todas esas preguntas, inquietudes y necesidades personales no iban a venir por el lado de la profesión. Yo buscaba otro tipo de impronta y no lograba satisfacer el nivel de dudas existenciales que tenía a través de la carrera. Estaba contento con los logros pero no quería que toda mi energía se canalizara desde ahí porque sabía que no me iba a sentir completo.

Al volver del viaje me independicé. Me mudé de Atlántida a Montevideo y llegué a un taller de literatura de cuentos. Una tarde me encontré en un apartamento en 8 de Octubre con gente de diversas generaciones y metido en un género que no manejaba. Es más, recuerdo de copiar en los escritos de literatura de cuarto de liceo. La escritura me llevó a estar más cerca de mí mismo. Descubrí en esa actividad una especie de catarsis hasta sanadora.

Escribí un ensayo sobre la zona de confort y una serie de cuentos que intenté compaginar. Quise dar un salto cualitativo y me propuse hacer una novela. Se me ocurrió crear un personaje que sufre una crisis existencial en su vida, deja Montevideo y se muda al interior. Ese punto de partida tiene que ver con mi vida: hace dos años me vine a vivir a Paysandú por mi novia. La idea de la novela era mostrar cómo te transforma lo inesperado.

Arranqué a escribir “Cuando el desparpajo irrumpe en el destino” apenas llegué a Paysandú, en marzo de 2015, y la lancé dos años después. Me puse la excusa de que al mudarme iba a arrancar este proyecto para hacer un aterrizaje más tranquilo. Ahora estoy trabajando en la segunda parte y estoy obsesionando con los personajes que quiero incluir. A veces estoy en un asado y me pregunto, qué haría acá ese personaje, qué mensaje daría, qué aportaría.

También en marzo de 2015 me anoté en la tecnicatura en Imagen Fotográfica que dicta la Escuela de Bellas Artes de Montevideo en Paysandú. Estoy cursando el tercer y último año. No he intentado trabajar como fotógrafo porque prefiero mantenerlo virgen de las improntas del comercio. En la novela incluí una secuencia de fotografías mías. Estoy yendo a clases de teatro para aprender a manejar el cuerpo y las expresiones. Este año cumplo 30 y pienso que esta década irá más por el lado artístico.
Disfruto mucho de desarrollar esa sensibilidad que creo que todos tenemos, pero la cuestión es estar día a día en eso. Al fin y al cabo termina siendo una profesión. Estoy desarrollando un lenguaje común entre las distintas áreas para que se empiecen a unir. La novela es un primer hito, no creo que sea todo lo que tengo para dar. Crear es una forma de estar comprometido con la existencia de uno.

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